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Educación, el desafío de sostener lo aprendido

junio de 2020

El escenario del mundo actual nos impide continuar con muchas de las acciones que hasta hace poco más de dos meses eran rutinarias. No sabemos cuándo volveremos a abrazarnos con algunos familiares, cuándo podremos compartir un mate con los amigos, cuándo volveremos a tomar un colectivo e incluso tampoco cuándo podremos respirar en la calle sin necesidad de usar tapabocas. La irrupción del covid19 nos mueve a repensar un mundo que hoy ya no podemos predecir pero que estamos invitados a reimaginar. En este artículo pretendo sumar una reflexión más a lo mucho ya escrito, poniendo a la Educación como protagonista necesaria con conocimiento y capacidad suficiente para iniciar procesos de transformación interna y acompañar el cambio social.

No fueron pocos los debates que se generaron ante el escenario de pandemia, el más famoso entre la economía y la salud, pero lo que nunca se puso en duda es que la educación debía continuar. En un principio cada escuela se organizó como pudo, de acuerdo a sus valores, contextos, recursos, posibilidades y vínculos. Fue así como una de las instituciones sociales que menos variaciones había experimentado en los últimos 300 años, ahora se encontraba ante el desafío de continuar funcionando sin espacio físico ni temporal, sin encuentros cara a cara entre sus integrantes y con la incertidumbre de no saber hasta cuando debía sostener las reacciones emergentes sin perder su norte.

Precisamente, este compromiso por seguir, por validar su vigencia, por no vacilar en la función histórica de enseñar, es lo que hace que la escuela hoy tenga nuevos aprendizajes que tendrán que ponerse en diálogo con la “nueva normalidad” consecuencia de la postpandemia. Dado lo anterior, entonces, tiene sentido hacernos una pregunta: ¿cuáles son los aprendizajes que la escuela debe sostener una vez superada la etapa de distanciamiento social y obligatorio? Mi respuesta viene del intercambio con docentes de distintas provincias, directores, padres, voluntarios y de escuchar a distintos referentes de la educación. Los puntos a continuación solo son disparadores para seguir pensando y profundizando:

  • El vínculo es esencial e innegociable: quizás lo más añorado por los docentes es el  saber qué les está pasando a sus estudiantes, qué están sintiendo, qué dificultades están teniendo, si están o no alcanzando a todos y todas. Experiencias sobran de docentes que utilizaron distintos canales para responderse estas preguntas, desde mensajes en papel, videos, la radio, el teléfono, hasta aprender a utilizar con fines didácticos redes sociales y plataformas educativas. Y en este buscar y sostener el vínculo también se potenció el trabajo interdisciplinario entre docentes, entre las familias y demás actores.
  • La escuela como espacio abierto para todos: una idea que se rompió es que la educación es solo cuestión de los maestros, en este periodo vimos que se revalorizó el rol del docente como impulsor de los procesos de enseñanza, pero también como articulador de las relaciones entre los distintos actores necesarios para hacer que el aprendizaje suceda. La familia, las organizaciones sociales, gremios, medios de comunicación, programas de voluntarios y desde luego los ministerios de educación y universidades, todos confluyeron para contener a la escuela y acompañarla en este transitar.
  • La contextualización del saber y el desarrollo de habilidades: el curriculum venía siendo la columna vertebral del hacer del docente en el aula; un mandato no declarado es “cumplir con el programa”, no obstante, ante la imposibilidad de seguir esa norma se abrió la posibilidad de pensar en un aprendizaje más contextualizado, “que le sirva al estudiante”. Es así como muchos docentes incorporaron a sus tareas preguntas relacionadas con la situación del covid19, con las noticias que circulaban sobre esto, con los efectos que estaba produciendo, con la reorganización que la cuarentena estaba implicando en el hogar. La comprensión lectora, el pensamiento crítico, la resolución de problemas, la creatividad, la autonomía y organización personal, y hasta la educación emocional hoy son nuevos temas de los que hablar y enseñar.
  • La tecnología al servicio de la enseñanza innovadora: muchos intentos se hicieron de incorporar la tecnología en las escuelas, de enriquecer la formación docente con herramientas multimedia, de desarrollar competencias digitales en los estudiantes, pero nada como esta coyuntura para generar una adherencia masiva de los docentes al aprendizaje y uso de la tecnología al servicio de la educación. Vimos capacitaciones virtuales desbordadas de docentes queriendo aprender nuevos caminos para hacer fluir el conocimiento y de alguna manera hacer escuela a la distancia. Todos esos docentes formados en la contingencia son pilares de la innovación necesaria que la educación requiere para el siglo en curso.
  • Una escuela con nuevos tiempos y espacios: el supuesto de que todos debemos aprender en el mismo espacio, al mismo tiempo y de forma similar también se vio cuestionado. Si bien creemos en una escuela que favorezca la socialización de las personas, pensar modelos mixtos también puede ayudar a ganar más tiempo para aquellos que requieren más acompañamiento, fortalecer la autonomía en aquellos que pueden desarrollarse de forma más independiente por medios asíncronos, y enriquecer a todos los estudiantes valorando la diversidad en el aprendizaje y el reconocimiento de las trayectorias escolares.

Tampoco se puede negar que quedan cuestiones por resolver, como por ejemplo la amplia brecha que existe entre los que tienen acceso o no a la tecnología, entre quienes desde casa pueden contar con un acompañamiento familiar más estable y los que no, pero confiamos en que sostener lo aprendido también es una forma de acercarnos a miradas que nos posibiliten pensar en nuevas soluciones a lo aún no resuelto.