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Medicina en tiempos de pandemia

abril de 2020

La atención de personas enfermas se ha transformado hoy, más que nunca, en un desafío. A las dificultades ya existentes se sumó, con la llegada del coronavirus, el riesgo de propagación de una enfermedad tan silenciosa como atroz.

En ese contexto de temor generalizado, apareció en el horizonte -como una alternativa salvadora- la telemedicina, es decir, la posibilidad de atender pacientes a distancia, a través de una videollamada, minimizando los riesgos que implica estar frente a frente o tener que trasladarse.

Los que estamos hace tiempo en el tema, veníamos pregonando la necesidad de incorporar las nuevas tecnologías dentro del sector salud. Pero todo lo que propone un cambio genera resistencias y, este caso, no fue la excepción.

Es así que, en medio de la pandemia, vimos un boom de instituciones médicas saliendo a buscar servicios que les permitieran subsanar la coyuntura actual, obligados ahora a prestar atención a un universo vasto y rico en soluciones como es el de la tecnología.

Eso es bueno, por un lado, porque la necesidad ha empujado el pesado vagón de la burocracia y ha logrado que se ponga en marcha un proceso absolutamente necesario, como es la transformación digital de la salud. Pero puede ser peligroso, por otro, si no se hace de manera adecuada, respetando los procesos que implican el manejo de datos sensibles, como son todos aquellos que se desprenden de una consulta online.

Para ello hace falta elaborar y reglamentar las leyes que regirán las nuevas formas de atención, para que prestadores de servicios y pacientes puedan sentirse seguros usándolas, para que financiadores y aseguradores de esos servicios puedan dar el marco apropiado y facilitar el acceso.

El coronavirus ha logrado en pocas semanas lo que muchos no pudimos durante años, que se modernice la atención de pacientes enfermos, que se democratice el acceso a los servicios de salud, que se agilicen los diagnósticos para dar tratamientos más eficaces y se acorten las distancias entre pacientes y médicos. Toda esa promesa venía implícita ya en la implementación de la telemedicina.

El camino recién comienza, habrá sin dudas montones de dificultades, obstáculos, contratiempos, sinsabores. Pero se ha puesto en marcha un proceso que demoró demasiado tiempo y que lejos de pretender reemplazar la atención médica presencial tradicional, viene a complementarla, a ayudarla, a ponerse a su disposición.

Hay que fijarse metas que vayan tomadas de la mano de la generación de políticas claras y precisas, para que los objetivos a alcanzar salgan del universo de la utopía y se transformen en realidad. Estamos ante una nueva revolución en salud, una que hará a pacientes, médicos e instituciones ganadores por igual.